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La culpa no es del chancho

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Beatriz Sarlo es una de las intelectuales más comprometidas de nuestro tiempo. Sabidas son sus intervenciones políticas, sus tomas de partido, sus querellas al devenir intelectual y artístico. A poco de habló con FARO para hablar de educación y políticas culturales.

Por Rodolfo Montes

Beatriz Sarlo abre la puerta de su estudio de la calle Talcahuano, da la bienvenida y luego desplaza su pequeña humanidad entre bibliotecas que angostan el paso. Afable, se acomoda en una mesa amplia y pregunta si puede fumar. Igual que en el mundo de las ideas, las palabras y los textos únicos que produce, Sarlo se abre a la charla, generosa, precisa, disfrutable.

La escritora creó un órgano casi clandestino en plena dictadura militar, la revista Punto de vista –que sigue firme y va por la edición número 84–, dio clases en varias universidades de Estados Unidos y la Argentina y publicó, entre otros libros de ensayos Escenas de la vida posmoderna y La pasión y la excepción. Además, tuvo y tiene una prolífica intervención en el terreno periodístico: en la actualidad es columnista de la revista dominical Viva de Clarín.

¿ Cuál es el estado de la políticas culturales en la Argentina?

La eficacia del aparato educativo tiene una relación inescindible con las políticas culturales democráticas. Es una relación que se constata en la historia argentina a lo largo del siglo XX, en algunos tramos exitosa. La expansión de la lectura hasta la primera mitad del siglo XX, fue sobre todo de diarios y libros de traducciones europeas, realismo socialista, o divulgación científica. Estas ediciones van constituyendo un público, son políticas culturales del mercado que de todos modos necesitaron un Estado que funcionara efectivamente muy bien.

La expansión continuó hasta después de los años cincuenta.

Allí estuvo Eudeba, del 56 al 66, tal vez la más exitosa política cultural pública que haya tenido la Argentina en términos cualitativos, cuantitativos y de estrategias de colocación del libro en competencia con el mercado privado, con un sentido federal y extendido en todo el territorio nacional.

¿Y en la actualidad?

En Buenos Aires, destaco un lugar como el Centro Cultural Ricardo Rojas –de la UBA. El Rojas tiene dos almas; la posibilidad de la experimentación estética para quienes buscan nuevas expresiones, una escena, un espacio para que pueda suceder, y, por otro lado, una masiva distribución cultural para todas las edades y los más variados intereses. En este sentido, el Rojas funciona como un espacio de divulgación cultural y científica. Y es otro ejemplo extremadamente exitoso de políticas culturales desde el Estado.

¿Cómo pueden convivir lo masivo y lo experimental?

La existencia de zonas de experimentación estética son los espacios a preservar. Eso que el mercado expulsa, en un principio, y luego, cuando fue probado, el mercado se aprovecha de ellas. Caso (Alfredo) Casero, (Alejandro) Urdapilleta y otros tantos. Tal cual el caso de la investigación universitaria, el Estado debe obligarse a financiar intervenciones, experimentaciones, que van en contra de una media del gusto artístico e incluso del sentido común de los sujetos hacia quienes va dirigida la política de distribución cultural.

¿Las clases medias argentinas están ávidas por incorporar consumo y participación en experiencias culturales?

No creo que deba hablarse de ‘sectores medios argentinos’, en todo caso se trata de sectores urbanos de Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Son ciudades que pueden estar atravesando una etapa de superación de lo peor de la crisis económica y social, que tienen una tradición de capas medias ilustradas, un público habituado a responder a propuestas culturales. Además tienen escala y son ciudades modernas, incluso en el sentido político: no casualmente –y más allá de los juicios que se tengan en cada caso en particular– las tres tienen gobiernos de corte progresista.

¿Y fuera de las ciudades grandes?

Viene el desierto de la Argentina, en el sentido de experiencias culturales de escala. Los estados provinciales cooptan, neutralizan, interviene la Iglesia, es muy difícil. Sólo en esas tres o cuatro grandes ciudades de la Argentina la cultura se ha laicizado, en el resto la Iglesia es parte del discurso dominante. Por lo demás, no hay una estrategia de distribución, por caso, teatral, en todo el país, de lo que se produce en Buenos Aires.

Yendo a la educación, ¿cómo evalúa la estrategia estatal para abordar nuevas tecnologías, sobre en todo en comunicación?

Es verdad que se repartieron computadoras a veces con desprolijidad. Pero los movimientos nerviosos son momentos iniciales de un proceso de iniciación. Yo creo importante la tecnificación de la Escuela. Tendría cierta cautela en criticar algún impulso que se verificó desde el Ministerio de Educación, aún cuando fue desordenado, en el sentido de repartir computadoras incluso en lugares dónde hay problemas con la electricidad o con el agua. Lo sustancial es el impulso.

¿Dónde aparecen los problemas más severos?

Veo como un problema grave el deterioro en la formación docente, la desjerarquización de la carrera formativa de profesores y maestros, con un gran porcentaje en manos de instituciones privadas, muchos de ellos confesionales. La descentralización educativa que inició la dictadura militar y la democracia la completó irresponsablemente, hizo que el Estado haya perdido capacidad de programación, control y sugerencia en la formación docente.
En esa línea la cuestión salarial aporta una estocada importante.

Sí, pero no es sólo un tema salarial. La realidad hoy es que las personas egresadas de un instituto docente sólo pueden trabajan en ese rubro. No tienen otro lugar en el mercado laboral. En general provienen de una capa baja de la escala social, lo cual es bueno, son las hermanas del muchacho que se anota para trabajar, por ejemplo, en la policía. Se hacen maestras porque no tienen posibilidades de hacer otro trabajo. Justamente por eso, el esfuerzo formativo del Estado debería ser mucho mayor para transformar sustancialmente el nivel formativo de esos sectores medios bajos.

En la Argentina postmenemista se ahondaron dramáticamente las diferencias entre una escuela, por caso, de Santiago del Estero y otra del barrio de Palermo de la ciudad de Buenos Aires. ¿Cómo y por qué operó ese fenómeno?
Es por el manejo irrestricto que hacen las provincias de los programas y presupuestos educativos.

No se reduce entonces a un tema técnico, en el sentido del mayor o menor acceso a la información y a la tecnología.
No, hay que aclarar la cuestión de la “alfabetización informática”. Y los técnicos deberían repensar las cosas en este sentido. Para que alguien se alfabetice se necesitan 5 o 6 años intensos de aprendizaje. Con eso puede leer e interpretar (no un lector permanente ni un lector de cuestiones técnicas) y tal vez escribir un texto. Para algo un poco más importante, necesita todavía más años. Pero, por el contrario, alguien bien alfabetizado, puede aprender a manejar los cuatro programas fundamentales de una computadora en un mes. Eso es lo que se tarda verdaderamente, aunque los institutos vendan programas mucho más extensos con el único objetivo de cobrar una cuota durante más tiempo.

Sin embargo se habla mucho de analfabetismo informático.

El de la ‘alfabetización informática’ es un falso escollo. Un buen maestro que sabe leer e interpretar sin ayudas una instrucción técnica se ‘alfabetiza electrónicamente’ muy rápido. Por el contrario, si el maestro no puede leer una instrucción técnica, una cartilla de 20 páginas, es porque el maestro no podrá enseñar la regla de tres. Ese momento de “milagro epistemológico”, cuando se aprende la regla de tres, no se producirá.

“Sin compradores, una revista cultural no existe”

Su razón de existencia. Sarlo cree que “las revistas culturales deberían funcionar como laboratorios de ideas políticas y culturales. Debe ser la revista que les interese a quienes la hacen y a su público”. Pero no sólo por el gusto de hacerla; “debe tener su público. Una revista cultural es tal en la medida que alguien la compra. No se trata de una ley numérica, ni que no debe tener avisos publicitarios. Pero es obligatorio que alguien la compre, de lo contrario no existe”.

¿De qué números estamos hablando?

Y, si un libro de ensayos, destinado a elites intelectuales, y de venta modesta, vende 800 o mil ejemplares, una revista cultural no puede vender menos de eso. Si no alcanza ése nivel es porque no tiene un público significativo, no está interpelando con problemas que interesen a un público significativo. Por supuesto, arriba de 3 mil ejemplares hablamos de proyectos exitosos y más arriba aún ya tenemos los best seller.

¿Pero con mil ejemplares se financia?

Deberíamos tener apoyo estatal, como sucede en España con las revistas culturales. Existe un subsidio de parte del Estado al precio de tapa, en un sentido inversamente proporcional a la cantidad de ejemplares vendidos. Al que más vende, lo subsidian con un porcentaje menor, y viceversa. En lo personal, no creo en una revista que sea subsidiada completamente ni financiada en su totalidad por avisos. No tiene sentido.

“Hay debate político pero no hay lectores”

Beatriz Sarlo desconfía de quienes afirman sobre la ‘pobreza del debate político en la Argentina’. “No diría que es tan malo –desafía– como supone parte de la opinión pública. Más bien me pregunto cuánto lee el público del debate político que está ofrecido en los medios”, objeta Sarlo de las audiencias intelectuales quejosas. “Mejor o peor, en los medios se producen diariamente y semanalmente, una cantidad de opinión y reflexión que no es para despreciar. Creo que más que debate político faltan lectores interesados”, rearfirmó.

Luego, Sarlo también cree que esta situación “es independiente de que hoy, efectivamente, los políticos estén en su momento más bajo, comenzando por el presidente de la República, una persona que no sabe hablar, y que tiene un formación intelectual muy precaria. Aun cuando se trata de un gran político”. Sarlo, en el final, definió: “(Néstor) Kirchner colabora para que el debate político esté muy bajo, no coloca ninguna idea en sus párrafos. Y lo que hacen los presidentes es muy importante porque otorga el tono con que la sociedad discute las cuestiones políticas. Y esto es al margen de los contenidos”.

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